Un cuerpo desnudo a través de la ropa y tres o cuatro planetas

Ella saltó de la habitación buscando llegar más lejos, cuando estaba dormida en la cama, las otras galaxias pasaron desapercibidas. Es entonces cuando una vez alineado el espacio, sus pequeñas huellas fueron disueltas entre polvo y rascaduras. Ella llevaba la misma fotografía llena de ausencia, recuerdos tristes, un cuerpo desnudo a través de la ropa y tres o cuatro planetas.

La grieta

Enredada entre sus piernas, la pequeña arquitecta mental no suspiró ninguna palabra. Pensó con el cuerpo: “menos mal que existe tu cama”. Y fue tan sincero y cálido que las sábanas envolvieron los dos cuerpos, creando una barrera de intimidad, varias veces violada por unos rayos de luz tenues y matutinos, sobre todo matutinos. Las sombras que proyectaban ambos cuerpos a través de la fina y descolorida tela apenas me permitían idealizar la alocada lucha de egos que ocurría en el escenario. Mi presencia se reducía a contemplar los personajes de la trama, sintiéndome extraña; me aproximaba a la pared y como un imán para mi subconsciente, hasta meses después de estar cementada, ahí siempre seguía, la grieta

Coexistencia

Nuestra coexistencia me dejaba llevar a un mar abierto y abrupto, a no pensar, a sentir que si pienso no querría existir más. Mi desolada razón de ser se concentraba en nadar a una tierra ficticia y firme donde poderme ocultar. Mientras tanto el mar abierto me inundaba la garganta y no me dejaba cantar más. Mis voces del pasado insistían en resurgir, sinceramente inoportunas para obligarme a nadar. A nadar en un mar de lágrimas bañadas en sal, deconstruidas por no tener capitán.